15 julio, 2013

Alázat - Una hostia viene bien de vez en cuando...

A veces cuando me siento a escribir, con ganas irrefrenables, me pego de bruces con una pregunta: ¿sobre qué diantres estoy escribiendo? ¿Hablo de Hungría? ¿de España? ¿de mí mismo?

Dicen que dijo Mike Tyson: "todo el mundo tiene un plan, hasta que le pego la primera hostia". Yo tenía un plan, pero, por mi inconstante y ondulante forma de pensar, mi multitasking way of life, de vez en cuando tiendo a poner todo en duda y revisar mis motivos para escribir. Y me pego la hostia.


Cada vez que reviso mi biblioteca, para quitarle el polvo por ejemplo, me entra una crisis existencial del tamaño de un perol cordobés.


Tampoco es que haya leído todos mis libros: los he llevado a mi cama, los he tumbado bajo óscuras lámparas de mesilla de noche, los he acariciado para que me revelen sus secretos sin tener que leerlos con cuidado, los he ojeado y dejado escrito palabras en su interior, para después abandonarlos al desamparo de la estantería, en la cruel colección. Y ahora parece que leo mucho de tantos libros que tengo. 

Es verdad que internet nos enseña a leer superficialmente, como muy bien ha explicado Nicholas Carr en uno de los pocos libros que sí que he leído de cabo a rabo sin saltarme nada. 

Pero no es verdad que internet tenga la culpa de que yo leyese superficialmente ya antes saltándome párrafos completos. Tuve mis primeros contactos con internet hacia 1997 en el Aula de Informática de la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba, pero ya antes de eso leí "El Señor de los Anillos" saltándome párrafos y párrafos completos de aburridas descripciones de otoñales paisajes.  Boring. Por eso hago lectura de cabotaje todavía hoy a menudo. 

Hay que ser consciente de que si lees un libro "por encima", no puedes extraer de él la profundidad del mensaje. Es lo mismo que crítica Nicholas Carr de internet: si lees superficialmente, no puedes concentrarte en lo que lees. 

Como a todos los niños y a los húngaros, me gustan las estadísticas. Hay un número limitado de libros que podemos leer en nuestra vida. Dos libros por semana, serían unos cien libros al año. Multiplicándolo por unos 50 años... sale que podemos leer unos 5000 libros en toda nuestra vida. Esto justifica que algunos libros los leamos superficialmente y otros profundamente, porque no hay tiempo que perder ni para leer, ni para escribir, ni para nada. Este sentimiento se conoce también como "miedo a la muerte".   


Parte de mi pequeña y amada biblioteca magyar, tal como está hoy en mi estantería en Córdoba.
(Córdoba, Plaza de la Magdalena, 2013)
Cuando quiero escribir, se me juntan las ganas por el cachondeo de George Mikes, con la sinvergonzonería de Robert Capa el ansía de narrar las causas de la Historia de László Passuth o de Miklós Bánffy, las manías de los personajes de Antal Szerb y las ganas de explicar cada estatua húngara de Bob Dent. Quiero conjugar la melancolía autobiográfica de Péter Esterházy con pinceladas antropológicas a lo Gyula Illyés, el ojo y la oportunidad de Robert Capa, pero parecer intelectual como Artur Koestler, sin dejar atrás la maestría del retrato del alma humana de Magda Szabó, aunque en el fondo me sienta tan burgués como Sándor Marai.

Y así se me pasan las horas entre tanto gigantesco referente sin darme cuenta de que la única historia que puedo contar yo no es grandiosa, ni intelectual, ni tiene interés antropológico y además es la de sentimientos más torpes: es la mía. Porque la humildad ("alázat" en húngaro) también es ficare bene contigo proprio, como dice mi amigo Luis el portuñol. 


Ayer por la mañana iba a salir a comprar el pan y pasé casi un cuarto de hora buscando las llaves. Las encontré en la puerta de la casa, puestas por fuera. Habían estado allí toda la noche. La próxima vez añadiré un cartelito que diga: ¡Por favor, soy despistado, róbeme, pero no haga mucho ruido que estoy durmiendo!


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