22 junio, 2008

Rumbo a Aggtelek Barlang - Aggtelek Barlang felé




A Jairo y a Iván a veces les gusta coger el camino más largo o el más húngaro, mejor que coger un taxi, directo, seguro y certero.

Estuvimos en Aggtelek el jueves. Hicimos, por equivocación, el camino difícil.
Lo mejor es irse desde Búza tér en Miskolc, pero nosotros no lo sabíamos. Fuímos en tren.

Los trenes desde Miskolc son siempre a los y 09 minutos, cada hora o dos horas. Y la vuelta desde la parada de tren es a los y 39 minutos (último bus hacia Miskolc a las 19,39).
El problema: la parada de tren Jósvafő-Aggtelek no está ni en Jósfavő ni en Aggtelek, sino en medio, en mitad de una carretera sin bares ni nada. En ese lugar hay un autobús con un horario muy incómodo (buses a las 8:25, 12:25, 16:25 y 18:25 hacia Aggtelek-barlang)
El horario de autobuses define hasta 15 categorías de días según los cuales pasan más o menos autobuses (ver imagen, día = nap, en días = napon).
La señora de la estación, que sólo habla húngaro, fue muy amable con nosotros, pero no podía hacer que aparecieran autobuses de la nada.

Ibamos Francine, Iván, Jairo, Juanlu, Marina, Rafa y yo. Cogimos desde Miskolc el tren de las 13,09 que nos dejó en Aggtelet 1 hora y 10 minutos después. Desde la parada de tren Jósvafő-Aggtelek hay 18 kilómetros hacia Aggtelek, pero el único autobús pasaba a las 16,25. Hubiéramos llegado a las cuevas de Aggtelek, pero sin tener posibilidad de volver a Miskolc el mismo día. Dimos el día por perdido, como aquel otro en la Solfatara de Pozzuoli, unos años antes.

Vimos un coche grande aparcando en la casa de enfrente. Francine y Jairo empezaron a mascullar la idea descabellada de pedirle a alguien desconocido con quien casi no podemos comunicarnos que nos llevase. Me acerqué a la casa y pregunté por los taxis. Dije que éramos españoles. Por cuestiones de pragmática no podía pedirle que nos llevase directamente. La señora me dijo que no había taxis, riéndose. Me dí la vuelta , crucé la carretera y volví con los demás.

Entonces la hospitalidad húngara funcionó mezclada con la suerte: en la casa había un italiano sardo que estaba casado con la hija de los húngaros que vivían allí. Nos llevaron a todos nosotros, ¡¡que éramos siete personas!!, en dos coches, hasta la entrada de las cuevas de Aggtelek.

El día salió redondo y más aún, porque a la vuelta, el sardo y el húngaro nos estaban esperando junto a la estación de tren con un palinka de cerezas. Nos montamos en el tren cantando al ritmo de los crujidos de la máquina.
No sabemos el nombre del sardo, ni de su suegro húngaro. Hoy el sardo volvía a Cerdeña, y nosotros nos marchamos pronto de Hungría. Nunca podremos devolverles el favor, pero gracias a ellos pasamos un día brutal.

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