
Suelo ir allí a desayunar, para escaparme del ajetreo de la escuela, a esa cafetería llamada "La cocina de la Bruja". Ese día quedé allí con otra persona que, cuando terminó su desayuno me dijo:
-Muchas gracias por el desayuno.
Tras unos segundos de descompresión, mi cerebro entendió que yo tenía que pagar mi desayuno y también el suyo. Igualito igualito que en aquel libro de Asimov (Azazel).