12 octubre, 2012

Gente que viaja.

Hoy es el día de la Hispanidad y no he parado de cagar. Siento contároslo, pero ya no puedo con mi alma. Tengo diarrea desde hace una semana y estoy ya harto de comer arroz en blanco con merlucita desmigajada, aquarius y yogures naturales. Se acaba el veranillo del membrillo y no voy a poder disfrutar de los últimos días de sol tal como es debido: con unas mahous bien frías en la terraza de la Magdalena comiendo croquetas con buena conversación. 
Ayer cruzaba con la bici por delante del Puente Romano, quería pasar bajo el Arco del Triunfo. En ese momento escuché música de violín: era Klara. Es una amiga eslovena que trabaja tocando buena música en ese lugar precioso por el que no dejan de pasar turistas. Está dada de alta como autónoma y todo. Toca muy bien. Al mirarla descuidé la atención de la conducción y mi bici tropezó con uno de los pivotes semiesféricos de piedra del pavimento. Volé por los aires y caí estrepitosamente contra el suelo. Algunos turistas me echaron fotos, otros me preguntaron si estaba bien y, defintivamente, mi amiga se dió cuenta de que yo había llegado.
Klara ha estado de vacaciones este verano por Centroeuropa y, “de camino” hacia Eslovenia, ha visitado Budapest con algunas recomendaciones que le hice. Todo el mundo conoce el Szimpla kert, por ejemplo. Sin embargo, lo que no le ha acabado de gustar es la gente y los precios: ha sentido que estaba en Italia, donde con frecuencia se trata de engañar al turista. Por ejemplo, te hacen pagar para ir a cualquier servicio público. Suele haber una señora cuyo único trabajo es sentarse y cobrar 100 forint a los que necesitan entrar. 
Quizá porque soy español, quizá porque viví un año en Roma, quizá porque crecí en barrios poco seguros de Córdoba, me volví un poco paranoico y tomo ciertas precauciones para no sentirme engañado cuando viajo. Algunos ejemplos:
  • EL BAR CATEDRAL. Nunca se debe comer junto a los principales monumentos. Por ejemplo, no comas nada junto a la Catedral, y sobre todo no lo hagas si el bar se llama “Catedral”. 
  • FOTOS DE COMIDA. Nunca voy a ningún bar que ha desplegado grandes fotografías de los platos de comida. Automáticamente me quita el hambre ver el aspecto de plástico de esas fotos, además de molestarme visualmente y despertar mi desconfianza. Entiendo que el sentido de las fotos es que un extranjero sepa lo que es un flamenquín con papas, un revuelto de gambas y ajetes o un pörkölt. Los alrededores de la Mezquita de Córdoba están llenos de ésto. 
  • PERSONAS. Observa a la gente. El tipo de gente con que te vas cruzando te dice donde estás. 
  • NO SEAS RICO. Si tienes un móvil caro, un reloj llamativo, un aparato de música, un ordenador... no hace falta que lo vea todo el mundo a tu alrededor. Sin embargo, nadie nunca intentará robarte un libro, ¡qué curioso!
  • LA NOCHE. Ten en cuenta la hora. De noche, todos los gatos son pardos, pero algunos arañan y no los ves venir. 
  • LOS TAXIS POR TELÉFONO. En una gran ciudad, ten a mano siempre un número de taxis de confianza. En Budapest los que no son de confianza suelen clavarte con precios abusivos.
Curiosamente, tanto en Budapest como en Córdoba, dos de mis sitios favoritos para comer se llaman "Magdalena".
¡Sandios, qué hambre tengo!
No lo olvidéis: Lo mejor para viajar es ir con indígenas nativos de la zona, para que te lleven a los mejores sitios, como hicieron los jocondos zagales de la fotografía. Y, si no conoces gente, usa couchsurfing.

06 septiembre, 2012

El Espinete de los húngaros

Hoy he conocido al Señor Erizo que vive en casa de mi amigo Mario. Es un animal pequeño que duerme mucho y sale cuando nadie lo ve, porque no quiere problemas. Se protege con sus púas arqueando la espalda. Esto me ha hecho recordar otro animal que tengo en mi estantería. Un topo, pero de peluche.

Los húngaros que actualmente tengan entre 20 y 50 años tendrán seguramente un recuerdo muy grato de este personajillo que acompañó sus infancias. Se trata de un dibujo animado procedente de Chequia, donde es conocido como Krtek. Sin embargo, para los húngaros es Kisvakond, el "Topito". 
Creo que los hispanohablantes que conozcan el programa Barrio Sesamo encontrarán un paralelo en otro animalillo de nuestra niñez: Espinete era un erizo que se ponía pijama para dormir, pero el resto del día iba sin ropa, ¿os acordáis?

Siempre me ha fascinado el diseño simple y redondeado del Topito y todos los demás animales que lo acompañan. Es sabido que el juguete más vendido de la historia tiene una forma similar, me refiero a Mister Potato. Kisvakond tiene nariz roja, ojos grandes y vivos, un cuerpecillo negro y tripa gris. Son característicos los tres pelos que coronan su cabeza. 

En sus aventuras viene acompañado por otra serie de simpáticos animalejos como los osos, que en un capítulo le regalan un pez tras comerse su tarta en Kisvakond és a mackók, el conejito al que devuelve con sus hermanitos y Mamá Coneja en Kisvakond és a nyuszi, o sus colegas conejo, erizo y ratón con los que se junta para comer tarta y les cae un diluvio en Kisvakond és az árvíz. Tengo esos tres cuentos y a mi sobrina de cuatro años (que es una niña muy lista y guapísima también) le encanta que se los lea una y otra vez.

Son fantásticos los capítulos que se pueden ver en Youtube cuando el Topito se va a visitar la ciudad. Es alucinante comprobar el auge y las miserias de la industrialización socialista y la urbanización en "panellek" (casas prefabricadas en bloques de hormigón sobrepuestos en los que también me tocó vivir a mí y de los que he hablado en otras entradas del blog). Es bastante reivindicativo el capítulo de Kisvakond en la ciudad. El Topito y sus amigos son víctimas de la expropiación forzosa por unos hombres de negro y se ven obligados a vivir en un piso, tras conservar sólo el tocón de un arbolito del frondoso bosque que era su morada. Siempre que no retiren el vídeo, se puede ver aquí.

Incluso tengo una camiseta naranja de uno de los mejores momentos del Topito: ¡Cuando conduce un coche! Es el capítulo de Kisvakond és az autó. 
Porque sabían que me gustaba mucho, mis alumnos de la primera promoción de español que salió del Instituto Herman Ottó en el año 2005 me regalaron un peluche del Topito, que podéis ver en la fotografía y que siempre va conmigo a todas partes.