02 mayo, 2026

Artículo recomendado acerca del cambio político en Hungría.

 

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Hungría y el tiempo de la contrarrevolución

Los ciudadanos de a pie han pagado un alto precio por el Estado mafioso de rapiña de Viktor Orbán
Por István Rév, profesor emérito de Historia y Ciencia Política en la Universidad Centroeuropea.

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Existe una explicación breve y frívola para la caída de Viktor Orbán: el autócrata húngaro fue arrojado a los lobos por su esposa, Anikó Lévai. Según una versión algo más larga, la culpable no fue solo una esposa, sino dos: la de Orbán y Judit Varga, la exesposa de su rival victorioso, Péter Magyar. Cherchez la femme. Así como Honoré de Balzac sugirió en su día que detrás de cada gran fortuna hay un crimen, Alejandro Dumas insinuó en Los mohicanos de París que detrás de todo misterio complejo siempre hay una mujer involucrada (o dos).

Como tantos arribistas de provincia enriquecidos durante los dieciséis años de mandato de Orbán, Lévai desarrolló una fascinación por los títulos nobiliarios, los escudos de armas, los palacios señoriales y las familias recogidas en el Almanaque de Gotha, el inventario por excelencia de la aristocracia europea. Y no estaba sola en su ascenso social. Los ministros de Orbán cazan con frecuencia junto a archiduques y comparten negocios con condes y barones. Un príncipe de los Habsburgo fue nombrado embajador en Francia y después en España, mientras que otro representó a Hungría ante el Vaticano. Incluso una de las redactoras de discursos de Orbán, Katalin Bánffy, pertenecía a la nobleza transilvana.

Lévai cultivaba la compañía de mujeres de la aristocracia. Escribía textos promocionales para sus libros, respaldaba sus organizaciones benéficas, presionaba para obtener apoyo estatal a sus proyectos, viajaba con ellas y visitaba sus residencias y castillos. Una de ellas, Katalin Mikes, recuperó la antigua casa familiar en Transilvania –hoy en Rumanía, aunque aún con una considerable población húngara– y recibió mil millones de forintos (unos 3 millones de euros) de los contribuyentes húngaros para reconstruir el castillo barroco. Lévai, íntima amiga de la entonces nuera de la condesa, descendiente a su vez de otra familia aristocrática húngara, pasaba allí sus vacaciones.

El episodio que incendió Hungría

Es aquí donde comenzó el escándalo que pudo haber precipitado la caída de Orbán. Mikes tenía un confidente de máxima confianza cuyo hijo, presbítero de la Iglesia Reformada, ejercía como subdirector de un orfanato en la campiña húngara. Tras años de sospechas y pasividad, la policía detuvo al director y lo acusó de abusar sexualmente de menores durante más de una década. Fue condenado a ocho años de prisión. Endre Kónya, hijo del confidente de Mikes, recibió una pena de más de tres años por intentar forzar a las víctimas a retirar sus testimonios mediante intimidación y sobornos.

En abril de 2023, con motivo de la visita del papa Francisco a Hungría, la entonces presidenta, Katalin Novák, concedió el indulto a Kónya. La medida no se hizo pública y salió a la luz de forma accidental en febrero de 2024. El verano anterior, pocos meses después de firmarlo, Novák había difundido imágenes de sus vacaciones familiares de una semana en el castillo de Mikes.

El obispo principal de la Iglesia Reformada de Hungría, Zoltán Balog –estrechamente vinculado a Novák–, reconoció haber presionado a favor del indulto. Como consejero espiritual de confianza de Orbán, se le permitió conservar el obispado, aunque se vio obligado a dimitir de la dirección de la Iglesia Reformada. Poco después, comenzaron a circular rumores de que Lévai también había intervenido personalmente en favor de Kónya.

Moral familiar, doble rasero

La noticia desató un gran revuelo. Novák había sido ministra de Familia de Orbán en un Gobierno que eliminó los estudios de género de los planes universitarios, aprobó una «ley de pedofilia» para estigmatizar la homosexualidad, prohibió el desfile del Orgullo de Budapest y obligó a las librerías a plastificar los libros con cualquier referencia a la sexualidad, con el objetivo declarado de proteger «la seguridad y el bienestar de los niños inocentes». Según la Ley de Protección de la Infancia de 2021, la educación sexual corresponde a los padres, y se prohíbe a las escuelas impartir contenidos que se aparten de «la tradición del modelo de familia heterosexual».

El filósofo conservador británico Roger Scruton, convertido en referente del antiliberalismo centroeuropeo, había allanado el camino para este tipo de normativas propias de la guerra cultural. En una ocasión sostuvo que «las jurisdicciones liberales toleran, por lo general, el daño que esta clase de libertad sexual inflige a los niños». Frente a ello, defendía que «la antigua moral se basaba en el supuesto de que los niños son tan necesarios como vulnerables, y de que pueden sufrir daños de muchas formas, en particular por una cultura de lascivia en la que se inician mediante las lecciones oficiales de educación sexual…».

En las escuelas húngaras no existe educación sexual oficial. Sin embargo, el país cuenta con una cadena de cafeterías temáticas dedicadas a Scruton –subvencionadas con dinero público– donde los partidarios de Orbán se reúnen para impregnarse de las versiones más domesticadas del pensamiento del difunto filósofo.

Una hipocresía colosal

En los meses previos al indulto, Novák era la política más popular de Hungría, pero se tomó su papel –en gran medida ceremonial– demasiado en serio para el gusto de Orbán. Viajaba con frecuencia al extranjero, se reunía con líderes internacionales y adoptaba un tono más suave y matizado al referirse a Ucrania. A diferencia de Orbán, ni siquiera descartaba la posibilidad de que Rusia hubiera iniciado la guerra.

Orbán vio en el escándalo del indulto la oportunidad perfecta para deshacerse de una posible rival y forzó la dimisión de Novák, transformando una indignación moral en una crisis política. La intuición política y la suerte parecían, al fin, haberlo abandonado.

El procedimiento legal de los indultos presidenciales exigía que la ministra de Justicia asesorara a la presidenta y refrendara la decisión. En el momento del indulto, ese cargo lo ocupaba Judit Varga, entonces esposa de Magyar. Según diversas informaciones, aconsejó a Novák no conceder el indulto a Kónya, pero acabó firmando el documento después de que la presidenta decidiera seguir adelante. Para entonces, Varga ya había dejado el ministerio en julio de 2023 para encabezar la lista de Fidesz en el Parlamento Europeo, y dimitió de la Asamblea Nacional al estallar el escándalo.

El hombre que salió del régimen

En el momento del indulto, Varga también atravesaba un divorcio turbulento y muy expuesto mediáticamente con Magyar. La noche posterior a su dimisión en 2024, Magyar concedió una entrevista a Partizán, un canal de televisión online. No disponía de muchas alternativas: casi todas las cadenas del país, salvo RTL –propiedad del grupo alemán Bertelsmann–, son públicas o están bajo el control de aliados de Orbán. Más de 2,5 millones de personas, un tercio del electorado húngaro, sintonizaron el programa.

La entrevista causó un auténtico terremoto. Magyar, hasta entonces una figura periférica en el entorno de Orbán, salió en defensa de su exesposa y denunció con detalle la magnitud de la ilegalidad y la corrupción del Gobierno, la avaricia de los círculos próximos al poder –en especial la de su yerno, hoy uno de los hombres más ricos de Hungría–, así como el deterioro de los servicios públicos y el aumento de la pobreza. Era la primera vez que alguien con evidente información sensible de primera mano se pronunciaba públicamente contra el régimen.

A decir verdad, nada de lo que dijo Magyar resultaba nuevo para los húngaros. Sin embargo, al proceder de alguien con acceso directo a información privilegiada en un régimen que se toma muy en serio sus votos de omertà, aquello supuso una auténtica ruptura política. Magyar se convirtió de inmediato en una celebridad y, para algunos, en un posible salvador nacional: una figura atormentada que había decidido renunciar a su vida de privilegios por el bien del país.

El Gobierno de Orbán intentó desacreditarlo a la desesperada. Los servicios secretos reclutaron a su nueva pareja para grabar sus conversaciones. Comenzaron a circular rumores sobre su vida privada y su comportamiento sexual. Se le atribuyeron transacciones ilícitas, blanqueo de capitales e incluso supuestos vínculos con Ucrania. Pero Magyar parecía estar hecho de teflón: cada nuevo escándalo fabricado no hacía sino reforzar su imagen de invulnerabilidad.

El candidato más húngaro

Pronto, Magyar decidió dar el salto a la política y enfrentarse abiertamente a Orbán. Demostró ser un operador sorprendentemente eficaz, valiente e incansable: en poco tiempo reactivó un partido prácticamente inerte y recorrió el país sin descanso. En apenas dos años visitó casi todos los municipios, grandes y pequeños.

El partido que eligió, Tisza, refleja bien su posicionamiento. El Tisza es el segundo río más caudaloso del país y se le conoce como el «río más húngaro» porque discurre íntegramente dentro de las fronteras del antiguo Reino de Hungría, a diferencia del Danubio, más «cosmopolita». Magyar no aspiraba solo a movilizar a los opositores más firmes de Orbán, sino también a atraer a sus votantes desencantados. Por eso, aunque se perfila como un conservador liberal de centroderecha y proeuropeo, ha optado por un calculado silencio sobre los asuntos que más dividen al electorado: la inmigración, los derechos LGBTQ y una posible adhesión de Ucrania a la UE.

La oposición a Orbán siempre ha sido especialmente fuerte en la capital, Budapest, donde reside alrededor del 20% de la población húngara. Durante 27 de los 36 años transcurridos desde la caída del comunismo, la ciudad ha tenido un alcalde liberal. Desde principios del siglo XX, la derecha húngara se ha referido a Budapest como la «ciudad pecadora»: cosmopolita, liberal y, hasta 1944, hogar de una numerosa población judía que desempeñaba un papel central en la vida cultural y artística.

Como en muchos procesos electorales recientes en Europa, cuanto más pequeña era la localidad y menor el nivel educativo de su población, mayor era la probabilidad de apoyo a partidos antiliberales. Orbán ha reivindicado con orgullo que las bases de Fidesz no están formadas por intelectuales urbanos «sabelotodo», sino por los «verdaderos húngaros», depositarios, según su retórica, de las virtudes tradicionales.

La guerra contra los intelectuales

Es una historia conocida. El difunto politólogo Richard Hofstadter recordaba que, en 1926, Hiram W. Evans, Mago Imperial del Ku Klux Klan, «escribió un conmovedor ensayo sobre los propósitos del Klan, en el que describía el principal problema de la época como una lucha entre “la gran masa de estadounidenses de la vieja estirpe pionera” y los “liberales mestizados intelectualmente”».

Evans lamentaba que los valores morales y religiosos de los «estadounidenses nórdicos» estuvieran siendo socavados por la llegada de nuevos grupos étnicos y ridiculizados por los intelectuales liberales. Aun así, confiaba en «devolver el poder a las manos del ciudadano medio, de linaje antiguo, cotidiano, no demasiado culto, no excesivamente intelectualizado, pero completamente inmaculado y no desamericanizado», porque «toda acción proviene de la emoción, en lugar del raciocinio». Y son precisamente esas «emociones y los instintos en los que se basan» los que, a su juicio, «constituyen los cimientos de nuestra civilización estadounidense, incluso más que nuestros grandes documentos históricos».

De igual modo, consciente de que no podía contar con el respaldo de los intelectuales a los que tanto despreciaba, Orbán emprendió una prolongada ofensiva contra las instituciones culturales y académicas de Hungría. Como lo expresó uno de sus asesores y lobistas en Bruselas, Frank Füredi –antiguo miembro del Partido Comunista Revolucionario Británico reconvertido en sociólogo nacionalista libertario–: «El escenario más importante de la guerra cultural es la guerra contra el pasado».

Reescribir la derrota como victoria

Un elemento central del relato nacionalista promovido por Orbán es la idea de que Occidente ha traicionado sistemáticamente a Hungría. El Tratado de Trianón de 1920 le costó al país dos tercios de su territorio y de su población. Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt se aliaron con Joseph Stalin, lo que, según esta narrativa, dejó a Hungría sin otra opción que alinearse con la Alemania nazi en su defensa de Occidente frente al bolchevismo. En 1944, incluso los propios nazis acabaron ocupando el país.

La ocupación nazi se produjo con el beneplácito del Gobierno colaboracionista del almirante Miklós Horthy. Sin embargo, según la versión del pasado de Orbán, fueron los alemanes quienes deportaron a más de 430.000 judíos, la inmensa mayoría de los cuales acabaron asesinados en Auschwitz.  Los húngaros aparecen como completamente inocentes, pese a que apenas unas decenas de especialistas nazis llegaron al país bajo la dirección de Adolf Eichmann. En esta narrativa, Hungría –donde unos 52.000 funcionarios participaron en el asesinato de casi medio millón de sus propios ciudadanos en apenas 57 días– emerge como el único vencedor moral de la Segunda Guerra Mundial, al haber combatido contra soviéticos, estadounidenses, británicos y, finalmente, incluso contra la Alemania de Hitler.

Esta versión es la antítesis de lo que enseñaban los libros de historia comunistas a partir de 1948. Según aquel relato, aunque Hungría había sido un país fascista en el periodo de entreguerras y el último aliado de Hitler, la toma del poder por los comunistas en la posguerra la convirtió en miembro de la coalición antifascista y, de forma retrospectiva, en aliada de la Unión Soviética, una de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

El propósito de Orbán, al igual que el de los comunistas, no era otro que convertir la derrota en victoria en un país que no ha ganado una guerra desde hace 541 años, cuando el rey Matías ocupó Viena. Esta reinterpretación encaja, además, con la tradición heroica que Orbán reivindica: la «defensa de los valores cristianos» frente a un Occidente decadente, laico y relativista, en sintonía con líderes como el presidente ruso Vladímir Putin, que todavía se toman el cristianismo en serio.

Las raíces de la reacción antirreaccionaria

La democracia liberal, con su conflicto político inherente y unas elecciones cuyo desenlace nunca está garantizado, puede percibirse como un lujo. La toma de decisiones –salvo en cuestiones de seguridad nacional– es lenta: exige deliberación, desacuerdos, debate y concesiones. Ese proceso, por definición imperfecto, priva a los ciudadanos de la estabilidad, la autoridad moral y la sensación de seguridad que un líder autocrático promete ofrecer.

Y, sin embargo, ahí reside también su paradoja central: al permitir que sus adversarios compitan y ganen elecciones, el propio orden constitucional abre la puerta a que quienes desprecian la democracia alcancen el poder y, una vez dentro, trabajen para desmantelarla.

Eso es, precisamente, lo que ocurrió en Hungría. Cuando Orbán –que ya había sido primer ministro entre 1998 y 2002– regresó al poder en 2010, puso en marcha una contrarrevolución contra el sistema democrático-liberal surgido tras 1989. Su Gobierno se dedicó a desmantelar los contrapesos institucionales, el pluralismo mediático, la independencia judicial, la autonomía local, la libertad académica y la separación entre Iglesia y Estado, con el objetivo de consolidar un régimen reaccionario, en línea con el ideal defendido por Hiram Wesley Evans: un sistema sostenido por políticas y propaganda nacionalistas, racistas, xenófobas y homófobas.

Las elecciones del 12 de abril marcaron una rebelión contra esa deriva. No hubo una nueva ideología ni consignas elaboradas, sino un rechazo frontal: la exigencia de que Orbán y su régimen se marcharan. «Váyanse al infierno, desaparezcan para siempre, rusos, vuelvan a casa», gritaban las multitudes. Fue, en esencia, una contracontrarrevolución.

La democracia liberal se resiste a morir

Muchos analistas han dado prácticamente por enterrada la democracia liberal, tratándola como una reliquia del siglo pasado, y han saludado –o lamentado– el auge de las autocracias posliberales. Sin embargo, el balance de estos regímenes, desde Estados Unidos –donde la satisfacción de los consumidores ha caído a mínimos históricos– hasta Hungría, dista de anunciar una nueva edad de oro política. Lo ocurrido en Hungría sugiere más bien lo contrario: que amplios sectores de la población siguen convencidos de que, frente a la autocracia, no existe una alternativa probada distinta de la democracia liberal que Orbán supuestamente había sepultado.

Por lo tanto, la pregunta adecuada no es por qué surgen las autocracias, sino todo lo contrario: ¿por qué la gente, una y otra vez, y a pesar de todos los obstáculos, contratiempos y fracasos, intenta erigir, salvar y reconstruir las democracias liberales? El ejemplo húngaro parece demostrar, una vez más, que con el paso del tiempo un amplio sector de la población acaba percibiendo el régimen autoritario como asfixiante. Les resulta insoportable no ser tratados como individuos, sino como miembros de grupos enfrentados; intolerable vivir en un estado de guerra política permanente, mientras el régimen invoca sin cesar enemigos contra los que proteger a la nación, la patria, la fe o el orden; e inaguantable comprobar que la autocracia los está empobreciendo.

Un país en vías de subdesarrollo

La esperanza de vida media de los hombres en Hungría se sitúa en 73,7 años: seis años por debajo de la media de la UE y entre las más bajas del bloque. Hungría ostenta las tasas de mortalidad por diversos tipos de cáncer más elevadas del mundo, y para finales de 2025 uno de cada diez pacientes en cuidados posoperatorios padecía una infección intrahospitalaria, una de las tasas más altas de Europa. En la patria de Ignác Semmelweis –el «salvador de las madres» que descubrió el vínculo entre la mortalidad materna y la falta de higiene de manos–, el consumo diario de desinfectante por paciente en los hospitales es de los más bajos de Europa.

Las tendencias demográficas apuntan en la misma dirección. Pese a los esfuerzos del autodenominado «gobierno amigo de los niños» de Orbán, la tasa de fertilidad no ha dejado de caer hasta situarse en 1,31 hijos por mujer en 2025, su nivel más bajo en 14 años. Como la mortalidad supera a la natalidad, el declive demográfico se está acelerando, agravado por la férrea oposición oficial a la inmigración.

Otros indicadores de desarrollo cuentan una historia similar. A lo largo de los últimos 16 años, la República Checa, Polonia y Eslovaquia han logrado reducir la pobreza con mayor eficacia. Hungría se encuentra, junto a Bulgaria, a la cola de la Unión Europea en términos de poder adquisitivo y nivel de vida. En 2020, la Oficina Central de Estadística de Hungría afirmó que el 9,5% de los niños húngaros vivían por debajo del umbral de pobreza. Sin embargo, después de que la agencia estadística de la Comisión Europea –Eurostat– publicara sus propios datos, las autoridades húngaras se vieron obligadas a revisar la cifra al alza hasta el 20,9%.

La riqueza de los íntimos

Hungría se distingue no solo por una extrema desigualdad de ingresos, sino también por una creciente concentración de la riqueza. El 10% de la población posee el 72% de los activos del país, mientras que el 50% inferior apenas dispone de un 5%. En Alemania, donde las grandes fortunas han tenido más tiempo para acumular capital, el 10% más rico concentra el 60% de la riqueza, y en China la cifra ronda el 68%. En Hungría, el 1% más acaudalado acapara aproximadamente el 33,7% de la riqueza de los hogares, un nivel similar al 34,8% del 1% superior en Estados Unidos. En 2025, los cien húngaros más ricos concentraban el 14% de la riqueza total, frente al escaso 2,5% registrado allá por 2005.

Ocho de los diez húngaros más adinerados están directamente vinculados a Orbán, entre ellos familiares y antiguos compañeros de escuela. Según Transparency International, Hungría ostenta la tasa de corrupción más alta de la UE. Durante los 16 años de gobierno de Orbán, el país recibió cerca de 60.000 millones de euros –unos 71.000 millones de dólares– en fondos comunitarios, el equivalente a casi un 3% de su PIB en ese periodo y aproximadamente la mitad –en dólares de 2023– de lo que Estados Unidos destinó a Europa con el Plan Marshall. Al menos un tercio de esos recursos habría acabado en los bolsillos de trece oligarcas próximos al poder.

Los húngaros de a pie han pagado un alto precio por el Estado mafioso de rapiña de Orbán. Durante la pandemia de COVID-19, Hungría sufrió una de las mayores tasas de mortalidad per cápita del mundo: solo a tres países les fue peor. Obedeciendo a consideraciones políticas, el Gobierno decidió importar vacunas rusas y chinas a un precio notablemente inflado, recurriendo a empresas intermediarias propiedad de individuos con conexiones políticas. También adquirió varios miles de respiradores con sobreprecio, de nuevo echando mano de empresas comerciales de reciente creación que se embolsaron beneficios astronómicos. La mayoría de esos respiradores ni siquiera llegó a utilizarse durante la crisis sanitaria. Salta a la vista que evitar la muerte de sus compatriotas nunca fue la máxima prioridad para Orbán y sus secuaces.

Una segunda oportunidad 

Pese a las advertencias de la oposición democrática húngara y de los observadores internacionales, durante años la UE pareció incapaz o reacia a plantar cara a la amenaza autocrática que encarnaba Orbán. Haciendo uso del dinero de los contribuyentes húngaros y europeos, Orbán compró descaradamente el favor de Alemania. A base de ofrecer enormes exenciones fiscales e inversiones en infraestructuras con sobrecostes –en carreteras, aeródromos, sistemas de alcantarillado y capacidad eléctrica– sufragadas con fondos europeos, Hungría se erigió en el centro de ensamblaje extranjero más importante para la industria automovilística alemana fuera de Alemania y China.

Además del sector del motor, otras grandes multinacionales alemanas, como Bosch y Siemens, también sacaron provecho de las dadivosas concesiones del Gobierno húngaro. En cierto modo, Orbán tomó a Alemania como rehén, lo que le garantizó la pasividad de la entonces canciller Angela Merkel. Para la economía alemana, Orbán era un activo demasiado valioso como para dejarlo caer.

Cuando Orbán, arropado por Rusia y China, sintió que había afianzado su control, empezó a atraer a territorio húngaro a fabricantes chinos de automóviles y baterías. Hungría aspiraba a convertirse en el principal centro de producción automovilística de China dentro de la Unión Europea, lo que amenazaba con erosionar la posición de las marcas alemanas. Al mismo tiempo, el Estado húngaro –con el apoyo de empresarios cercanos al poder– adquirió el aeropuerto de Budapest y lo transformó en un nodo clave para el transporte de mercancías chinas en Europa, comprometiendo no solo los intereses económicos del bloque, sino también su seguridad. Fue entonces cuando Bruselas empezó a calibrar la magnitud del problema.

El rey desnudo

Luego llegó la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022: el detonante para que Hungría se convirtiera en el caballo de Troya de Rusia en el seno de la UE, vetando sistemáticamente cualquier apoyo a la nación ucraniana. De la mano de Patriotas por Europa, una alianza parlamentaria europea de extrema derecha nacida bajo su auspicio, Orbán promovió una visión del continente entendida como un aglomerado de Estados etnonacionalistas y «soberanistas», con el propósito de liquidar en la práctica el proyecto europeo de la posguerra. En ese contexto, la victoria de Magyar concede a Europa una segunda oportunidad.

A lo largo de toda su trayectoria, Orbán ha reiterado: «No soy el que tiene la razón, sino el que la tendrá», insinuando que no solo cuenta con la capacidad de vaticinar el porvenir, sino también de moldearlo a su conveniencia. Durante años, esa combinación de instinto político, oportunismo táctico y confianza en sí mismo le permitió proyectar una imagen de infalibilidad. Pero desde el estallido del escándalo de los indultos –que dio impulso a una nueva oposición–, tanto él como su Gobierno no han dejado de encadenar un grave error tras otro. Cuando los autócratas se convencen de su propia infalibilidad, se aíslan del mundo y se dedican a escuchar a los aduladores, pierden toda capacidad de reconocer la realidad y la fortuna los abandona. Empiezan a asomar las grietas. El pedestal se tambalea.

Durante los dos últimos años, y especialmente en los compases finales de la campaña, Viktor Orbán pasó de proyectar una imagen casi colosal a convertirse en una caricatura de sí mismo: la de un mentiroso descarado que se aferraba con desesperación a un poder que se le escurría de las manos, mientras desvariaba como un loco ante la inminencia de un supuesto ataque por parte de Ucrania. Transcurridos 16 años, el electorado comprendió que el rey estaba desnudo y ya había tenido suficiente.

István Rév es profesor emérito de Historia y Ciencia Política en la Universidad Centroeuropea.

05 marzo, 2026

¿No te gusta el sistema?

Quizá ahora en 2026 la "oposición" de Péter Magyar (Partido Tisza) le haga una competencia real en las elecciones a la coalición de gobierno actual de Viktor Orbán (Fidesz-KNDP-Jóbbik). Es un caso raro, incierto pero Tisza es proeuropeo y propone más impuestos a los ricos y menos impuestos a los pobres, y esto podría modificar alguna cosa.

El movimiento actual de oposición de Tisza ha sabido reorganizar un descontento antiguo (me acuerdo del movimiento de "¿No te gusta el sistema?", de 2011, en el vídeo adjunto).


El sistema político húngaro favorece al partido dominante.  Por eso, una unificación de la oposición puede conseguir escaños donde los partidos pequeños no lo conseguían. 

La tendencia es clara, de todos modos: La derecha ultra de Jóbbik se hunde... La derecha populista de Fidesz en coalición con los democristianos (KDNP) pierden votos y sube el partido de la oposición: el Tisza (creado en 2021 y que ha crecido mucho en apenas un par de años, cosa rara).
La figura clave es Péter Magyar, un "insider" de la política húngara al que convendría mirar de cerca, para entender mejor su éxito. 
La otra clave es el voto en Budapest / el voto en el resto del país. En Budapest el voto es más cosmopolita, tiene más votantes en contacto con Europa y más voto universitario (más cultura). 
Fuera de Budapest el voto es más conservador (pasa en todos los países), pero además, es más dependiente de los favores del Estado central (del partido dominante), y es de personas de mayor edad y quizá de menos nivel cultural, en su mayoría.
Si Tisza consigue el voto fuera de la capital, conseguirá mucho. 

Pase lo que pase, vamos a celebrar los cambios diciendo una bonita palabra húngara:  "megszentségteleníthetetlenségeskedéseitekért".